martes 24 de noviembre de 2009

Anarcofascistas

En la sociedad occidental se está cociendo un nuevo elemento de la sociología política: los grupos que yo llamo anarcofascistas y los norteamericanos, libertarios.
Estos grupos se caracterizan por su rechazo a cualquier contribución al sostenimiento del Estado, al tiempo que se declaran apolíticos y culpan de todos los males a lo que consideran de izquierdas, amén del rechazo a toda intromisión en lo que consideran su libertad que, por supuesto, tiene el carácter de ilimitada.
Los anarcofascistas son, esencialmente, insolidarios que no quieren pagar impuestos, generalmente no lo hacen, pero tratan de aprovecharse de todas las prestaciones que se financian a través de los mismos, con argumentos del tenor de: " De ninguna manera voy a dar de comer a los negros con mi dinero".
Se les acusa de inmadurez política y, más coloquialmente, de tener la cara muy dura, pero yo creo que eso trivializa el problema, porque los anarcofascistas son delincuentes que pretenden aprovecharse de las posibilidades que brinda el estado del bienestar, sin participar contributivamente a su sostenimiento. Es una evolución de la figura del pícaro que se da mucho más en los países latinos, proclives a mirar con simpatía a quien engaña al Estado, como si éste fuera algo ajeno a todos nosotros.
En los países nórdicos, el fenómeno es casi inexistente porque, pese a las dificultades que atraviesa el estado del bienestar por excelencia que representa el modelo escandinavo, los sentimientos de pertenencia a una comunidad que debe ser mantenida con el esfuerzo común, están todavía muy arraigados.
No sucede lo mismo en nuestra cultura meridional, fuertemente influida por una tradición católica que desconfía de los poderes temporales fuertes, por considerarlos adversarios directos de la Iglesia.
En buena medida explica esto la debilidad de las instituciones y la escasa participación en la vida política de la ciudadanía.
Ya es hora de transformar la situación desde la convicción democrática, para lo que debería contarse, no sólo con una izquierda que actuara como tal, también con una derecha libre de residuos franquistas y una ciudadanía consciente de la relación entre derechos y deberes.

domingo 15 de noviembre de 2009

Insinuaciones de un fascismo blando - Félix de Azúa

En su última película, Si la cosa funciona, mediocre traducción de Whatever works, Woody Allen supera el bache que supuso su empalagosa postal barcelonesa y vuelve a componer un carácter habitual en su obra, ese tipo exasperado cuya inteligencia en lugar de facilitarle la conformidad con el mundo le lleva a un choque frontal. Es un personaje en extinción y cuyos orígenes cabría situarlos en los años de la guerra fría. Vayamos por partes.
El actor que imposta a Woody Allen es Larry David, el cual tiene una trayectoria muy similar a la de Allen. Ambos son judíos, ambos son cultos, ambos son lúcidos, ambos tienen notables dificultades para soportar lo que para ellos es una misteriosa capacidad de sus semejantes para comportarse de un modo irritante. Puede ser la muchacha que disparata sobre arte con lenguaje de purpurina, el médico negro que salta como un tigre cuando oye hablar del color de la piel (aunque él sea dermatólogo), la señora que grita cuando suena el teléfono a las 21.30 horas porque «las 21.00 es el límite», y así sucesivamente, el caso es que tanto Woody Allen como Larry David se sulfuran enormemente con muchos comportamientos y entonces son ellos los que hacen el ridículo.
En algunas televisiones autonómicas (aunque no sé en cuáles) se ha pasado o está pasando la serie televisiva que dirige, produce, escribe y protagoniza Larry David Curb your enthusiasm, algo así como No te pongas estupendo, una invitación a callarse la boca en sociedad. En esta serie, que lleva nueve años emitiéndose, se desarrolla y matiza ampliamente el personaje de la película de Allen. Es este alguien que cree llevar razón cuando se indigna por lo políticamente correcto, cuando ironiza sobre la discriminación asimétrica, sobre el uso de eufemismos tipo «corporalmente redimensionado», sobre quienes protestan por el dolor infligido a los caracoles, los que utilizan el palabro miembra o la defensa de minorías como medio para lograr privilegios, como esa ministra que aducía que la criticaban «por ser mujer», como si fuera tan fácil ser mujer. Lo curioso es que esta actitud, que hace 20 años era ampliamente compartida por la zona ilustrada de la sociedad (sobre todo en la izquierda), va siendo cada vez peor recibida, de modo que las chanzas de Allen o de David se convierten en ofensivas para las minorías que se han establecido como grupos de presión. Justo aquellos sobre los que Allen ironiza.
Esta creciente coacción de la corrección política podría tomarse por una defensa de derechos poco respetados, pero en realidad es una estrategia de poder que se basa en la creación de culpables. Ciertamente, la fabricación de culpabilidad es la técnica esencial de la sociedad consumista. La casi totalidad de la publicidad utiliza por sistema los mecanismos de la culpabilización. ¿No te has percatado de que tus amigos huyen en cuanto apareces porque hiedes? ¿No deberías suprimir esa barriga grotesca? ¿Avergüenzas a tus hijos prohibiéndoles los bollos? ¿Eres tan fracasado que no tienes un BMW? ¡Estás toda arrugada!
La política, que ha ido aprendiendo de la publicidad las técnicas de culpabilización hasta el punto de que ya no se distingue un campo del otro, se dedica intensamente a la creación de culpables. El principal culpable es, naturalmente, la oposición, la cual, cuando ejerce su obligación de fiscalizar al poder real se convierte en «irresponsable», «traidora», «frívola», «machista» o «crispadora», cualquiera que sea el partido que gobierna. Sobre los ciudadanos, la acción se ejerce con mayor sutileza, pero en periodo electoral cada partido presenta al votante contrario como un cretino, un meapilas, un comprado o un franquista. No sólo en España. Todos hemos visto esos carteles en los que se tacha a Obama de fascista con motivo de la ley de sanidad pública.
Frente a la desvergüenza crítica del siglo XX y a su radicalidad furiosa (hoy sería impensable una publicación como Charlie Hebdo), se ha ido imponiendo una represión cuya tenacidad ha acabado por instaurar una censura casi explícita. Quienes vivimos la etapa franquista en España constatamos cómo regresan los usos intolerantes y represivos tan propios de este país, disfrazados ahora de grandeza moral. Y del mismo modo que uno vigilaba con mucho tiento lo que decía en público por aquellos años, ahora mira a su alrededor tratando de adivinar a qué lobi de privilegiados patriotas pertenecen los presentes antes de abrir la boca.
La película de Woody Allen, como la serie de Larry David, trata de ese exhibicionismo moral farisaico tras el cual solo hay intereses materiales, pero que tapa la boca eficazmente a cualquier expresión crítica. Al salir del cine pensé con pesadumbre que esta película será enteramente incomprensible e incluso ofensiva dentro de pocos años, cuando desaparezca la generación de Woody Allen. Estos viejales gruñones, casi todos cojos y judíos, son los últimos antifascistas que quedan.

Publicado en El Periódico de Catalunya hoy, día 15 de noviembre de 2009.

domingo 8 de noviembre de 2009

Arrantzales y piratas.



En la foto, el pesquero Alakrana. La he obtenido del periódico Deia.

El secuestro del atunero vasco Alakrana, por parte de piratas somalíes, ha puesto de relieve la peligrosidad de las aguas del Índico frente a las costas somalíes, pese a los esfuerzos de la OTAN y la ONU para acabar con los ataques a barcos, generalmente occidentales, en la zona.
Esta es una cuestión de muy difícil arreglo por varios motivos, siendo el primero de ellos que no se ha explicado toda la verdad: Los llamados piratas somalíes son, o eran, pescadores que se vieron privados de sus caladeros por la llegada masiva de las flotas industriales de Europa y Japón. Los barcos occidentales y japoneses emplean técnicas de arrastre que han esquilmado los bancos pesqueros de la zona, alterando de forma muy grave los ciclos reproductivos del atún y otras especies cotizadas. Nadie se ha preocupado de indemnizar a los pescadores tradicionales somalíes o yemeníes, que han encontrado, sobretodo los primeros, una manera rápida de hacer mucho, mucho dinero. Que es algo extraordinariamente tentador para los jóvenes y no tan jóvenes de cualquier parte del mundo.
El Gobierno no ha actuado correctamente, dando bandazos en las negociaciones que han provocado la legítima irritación de las familias. Desde el principio debería haberse explicado la escasez de medios del Gobierno de manera clara o la escasa capacidad diplomática española, cuando pretende intervenir al margen de la Unión Europea. Estas eran cosas que debían saber los familiares y amigos de los pescadores vascos. Y no fueron informados hasta que la incapacidad del Gobierno era evidente.
De la oposición tampoco puede decirse nada bueno, puesto que en su afán desestabilizador, más ahora que está minada por los escándalos de corrupción, ha dedicado muchas más energías a desacreditar al presidente y a los ministros implicados, que a la construcción de una política de Estado apoyando al Gobierno en estos momentos, colaborando - por ejemplo- en la explicación de los procesos de negociación diplomática, que algunos destacados miembros del PP conocen bien, después de ocho años con las responsabilidades que ahora detenta el PSOE.
Quedan los pescadores secuestrados: La prioridad del Gobierno no ha de ser otra que devolverlos con vida a sus familias; no valen las excusas, ni los juegos dialécticos ni las explicaciones a destiempo. Los ciudadanos de un país que se pretende entre los primeros del mundo, como España, deben tener la seguridad que, en caso de encontrarse en situaciones críticas, el Gobierno pondrá todos los medios necesarios para sacarlos en buenas condiciones de ellas.
Asimismo, los armadores deben buscar otras zonas donde realizar sus tareas, o bien indemnizar adecuadamente a los afectados por su actividad. Y no sólo eso, es necesario que se entienda la imposibilidad de continuar con prácticas pesqueras insostenibles. El mundo desarrollado debe buscar nuevas maneras de alimentarse, respetando las capacidades del planeta, frenando su consumo sin límites de recursos que son de todos. La responsabilidad inicial en la transformación indispensable de los hábitos consumistas, recae en la clase dirigente del Primer Mundo, pero sólo de manera inicial, porque después estamos todos los demás.

sábado 31 de octubre de 2009

Sabino


El pasado día 26 murió Sabino Fernández Campo, general del Cuerpo de Intervención Militar retirado y ex-jefe de la Casa Real. El general Fernández Campo fue un leal servidor del Rey, lealtad que situó por encima de cualquier otra, incluida la constitucional. Se han oído estos días encendidos elogios sobre su figura, incluso en medios más o menos progresistas. Forma parte de ese grupo de personalidades que, desde el franquismo, pasaron a servir al Rey - que no al Estado- con el deseo de mantener viva una determinada España, integrista en lo religioso y nostálgica del imperio. A ellos se unieron oportunistas ambiciosos como Suárez o Fernández Miranda, sin más ideología que la de tener el poder o vivir, al menos, en sus confortables aledaños.
Cierto es que Fernández Campo se opuso al golpe del 23-F; cierto es que trató de suavizar y suavizó las tensiones entre la Casa Real y los estados mayores cuando éstas se producían, sobre todo, en relación a las tensiones nacionalistas y la actividad terrorista de ETA. Pero Sabino no era el democráta que ahora pretenden: Fue un ultraconservador que entendía la vida como una muestra permanente de obediencia fanática e incondicional al Rey. En ese sentido, hubiera apoyado el golpe sin pestañear, si esa hubiera sido la voluntad expresa del monarca.
España es entusiasta de las hagiografías, especialmente si la vida del personaje presenta claroscuros.
No tengo intención de ensuciar el nombre de nadie, pero el general era lo que era y no otra cosa. Flaco favor se hace a la verdad y al rigor histórico, cuando se manipula o ningunea la historia a las jóvenes generaciones. No se les debería ocultar la trayectoria del general, ni tampoco la contundente manera en que el Rey lo apartó de su lado, cuando fue advertido por el mismo Sabino, del daño que causaban a la Corona, las amistades peligrosas del monarca y su vinculación a negocios más que dudosos.

La foto - Sabino Fernández Campo, de chaqué, detrás del Rey- ha sido publicada en el diario El País hoy, 31 de octubre de 2009.

miércoles 28 de octubre de 2009

La vergüenza - Joan Barril

En un país que no tiene Estado, que no dispone de embajadas, que no tiene grandes conquistadores ni inventores y que su sabiduría se ve relegada a la intimidad, lo único que nos salva es la conciencia colectiva de ser los más guapos del mundo. Así lo hemos venido creyendo a lo largo de los años, cuando el país se ha sentido país precisamente por la variedad de su paisaje, la calidad de sus vinos, la laboriosidad de sus gentes, el carácter liberal de sus ciudadanos y la belleza de su arquitectura. Eso es Catalunya. Eso y sobre todo un constante goteo de derrotas militares y de opresiones más o menos finas que siempre sirven para homogeneizar la masa catalana.
Pero en los últimos tiempos, privados de honorables maestros pasteleros que nos hacían creer en confusos liderazgos, la idea de país ha ido deshilachándose. Y no porque el paisaje se haya embrutecido ni porque sus vinos se hayan agriado. Simplemente: que la gente ya no es la misma. Y no me refiero a la gente común, tan laboriosa como siempre o aún más si no estuviera golpeada por el azote del paro. Me refiero a esa gente que formaba parte de la aristocracia del dinero y del mecenazgo. Primero fue Millet. Ahora es esa curiosa operación Pretoria que ha metido en el cuartel de la Guardia Civil a lo peor de cada casa. Exdiputados socialistas, alcaldes con vara alta, consejeros eternos o áulicos que, en sus ratos libres, se dedicaban a las labores domésticas de lavar el dinero negro que les llegaba de muy lejos. Es entonces cuando hasta a la madrastra de Blancanieves le sobreviene una enorme vergüenza y el espejo se rasga de parte a parte. No somos los más guapos, porque nuestros embajadores no son tan buenos como pensábamos.
El consuelo de los más allegados a los detenidos se resume en una frase: «No hagáis caso. Todo es una baladronada más a la que nos tiene acostumbrados el juez Garzón». Pero incluso los incrédulos de la compulsiva actividad garzoniana no se dan cuenta de que en este tema, como en tantos otros, lo importante no es la verdad. Lo verdaderamente importante es que el caso que hoy se nos ofrece es perfectamente creíble. Y cuando eso sucede, es señal de que nuestra autoestima está hecha jirones. ¿Qué les van a decir ahora los políticos a sus votantes para explicar la lenta erosión interior de un país en el que el más tonto hace relojes? Blanquear dinero, llevarse dineros públicos a casa, vivir al margen de la ley y continuar actuando en la impunidad convierte una Catalunya bien educada y doliente en una Catalunya de bandoleros y usurpadores.
Y lo primero que nos han usurpado han sido precisamente las palabras. ¿Cuántas veces algunos de los hoy detenidos habrán puesto el nombre de Catalunya en su boca? ¿En cuántas ocasiones los actuales presuntos culpables habrán gritado ante sus votantes el nombre del socialismo como el horizonte de igualdad que ellos no estaban dispuestos a practicar? La democracia se hunde con comportamientos como los que ahora afloran a la luz. Pronto se exigirá como un clamor que las listas sean abiertas y que los votantes puedan penalizar con un rápido trazo de bolígrafo el nombre del candidato indeseable. Las listas abiertas no son la panacea, pero al menos constituyen un riesgo para aquellos que se sirven de la política hasta exprimirnos los ideales.
Hoy es un día en el que la vergüenza pequeña que nos proporcionaba un solo nombre se ha visto ampliada a una vergüenza panorámica. No sabemos a dónde mirar.

lunes 21 de septiembre de 2009

Fèlix Millet i Tusell

La llamada sociedad civil catalana, es decir, la alta burguesía de Barcelona que ha controlado la economía, e incluso la política, de Cataluña desde el llamado Desastre del 98, ha vuelto a sobresaltarse, como sólo ella sabe hacerlo, con el escándalo del que ha sido hasta hace pocas semanas, eterno presidente del Palau de la Música Catalana y del Orfeó Català, Fèlix Millet i Tusell, a través de una Fundación que el mismo se sacó de la manga en 1990, en pleno pujolismo.
El señor Millet ha distraído la nada despreciable cantidad de diez millones de euros, quizá alguno más, de las arcas de la Fundación a sus bolsillos y a los de algunos colaboradores. Gracias a esos recursos, el señor Millet, sus amigos y familiares han reformado sus viviendas, han viajado por medio mundo y han extendido sus redes de contactos e influencias hasta extremos que no se conocen completamente a día de hoy.
Muchos se preguntaran cómo es posible que, en una Fundación que contaba entre sus patronos con varios de los más destacados prohombres de esa alta burguesía que he citado en la primera línea, nadie hubiera advertido nada, sobre todo cuando Millet no cesó de pedir más y más dinero a los patronos, cuando viajó a Madrid para buscar apoyos en un PP necesitado de apellidos catalanes - con pedigrí suficiente como para poner en dificultades a Jordi Pujol- y se volvió con una sustanciosa cantidad de dinero que malversó sin problemas. La respuesta es que lo sabían o lo sospechaban pero preferían mirar hacia otro lado, que ha sido la actitud que más y mejor ha definido a la burguesía catalana: no preocuparse de nada que no afectara a intereses personales y menos si se trataba de algo tan despreciable a sus ojos como los recursos públicos.
Este fue el tono moral de los sucesivos gobiernos pujolistas, porque lo importante era "fer pais", es decir "construir el país", una excusa épica que los liberó de la fatigas del día a día, entregando los servicios públicos a una maraña de contratas privadas que, sin control alguno, arruinaron las posibilidades de progreso que brindaba una administración de nuevo cuño.
Las consecuencias de los largos veinticuatro años de pujolismo no desaparecerán probablemente nunca, porque una gran cantidad de empresarios y burgueses favorecidos por las redes clientelares de la administración nacionalista - intactas y al servicio del nuevo pseudosocialismo gobernante, hasta que vuelvan los amos- han asumido que la administración y los recursos públicos están a su libre disposición, estando su saqueo dentro de lo permitido mientras sea para crear riqueza, aunque nadie ha dicho quién tendrá derecho a disfrutarla.

domingo 20 de septiembre de 2009

Independencia

La consulta realizada el pasado fin de semana en la localidad barcelonesa de Arenys de Munt, sobre la independencia de Cataluña, puso de manifiesto varias cuestiones de razonable importancia: el PP aprovecha cualquier ocasión para desgastar al Gobierno, incluso cuando las normas más elementales de cortesía parlamentaria y aun de oportunidad política, reclaman moderación y cautela; de otro lado el Gobierno ha gestionado mal el asunto, haciéndose eco de todos los que tocaban a rebato y enarbolaban los pendones de guerra,cuando lo que cabía era decir que se trataba de una consulta realizada por una entidad privada, en un pueblo de menos de ocho mil habitantes de larga tradición nacionalista, como muchos pueblos pequeños, sin especial incidencia en un territorio macrocéfalo como Cataluña.
Pese a esto último, hay que observar un aumento de las expectativas del independentismo que nunca podrá agradecer de manera suficiente a José María Aznar, la acumulación de torpezas en su última legislatura. Otro tanto podría decirse de José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente de Gobierno con menos palabra de toda la democracia, incluyendo a los dos grandes charlatanes de feria: Felipe González y Adolfo Suárez.
El conflicto territorial no se ha resuelto en treinta años porque nadie tiene voluntad de hacerlo. La política de sucesivas concesiones a las distintas comunidades autónomas o a las fuerzas hegemónicas en ellas, en función de coyunturas electorales, ha dejado un reguero de agravios comparativos que sólo encuentran alivio en la tribu.
La solución a estas cuestiones vendrá claramente de la equiparación de derechos entre todos los ciudadanos, sea a través de un modelo federalista puro o, con muchas menos posibilidades de ser llevado a cabo, a través de un proceso de retorno de competencias al Estado hasta la desaparición de las administraciones autonómicas.

sábado 5 de septiembre de 2009

Crisis, putas y fin de etapa.

A lo largo de los últimos meses hemos podido escuchar a diversos políticos de la llamada izquierda parlamentaria, asumir sin rubor alguno todos los postulados de la derecha para evitar la pérdida de intención de voto, con vistas a todas las convocatorias electorales de los dos próximos años. Así, mientras el ministro de Fomento dice y desdice, a golpe de silbato presidencial, sucesivas declaraciones sobre subidas de impuestos para las rentas más altas, enormemente privilegiadas en nuestro país, el alcalde de Barcelona - uno de los menos valorados de España- ha dicho que erradicará la prostitución callejera, pocos días después de declarar que no es posible con los actuales instrumentos legales.
Estas cuestiones no deben contemplarse como fenómenos aislados, ya que forman parte de una estrategia de marcado carácter populista, destinada a paliar las angustias de una ciudadanía hipotecada, con trabajos en precario y que todavía no ha asimilado la llegada de inmigrantes a nuestro país en elevado número. Estos inmigrantes, la parte más débil de la sociedad, se han convertido en la cabeza de turco responsable de la falta de trabajo, de los salarios bajos, de la delincuencia y, como en Barcelona, responsables directos del desprestigio de la ciudad por su promiscuidad callejera.
La izquierda pactó con los poderes económicos no apartarse de la ortodoxia neoliberal, a cambio de que se le permitiera acceder al poder. Ha sido así desde los pactos de La Moncloa de 1977. Ni uno solo de los gobiernos socialistas ha abandonado el redil, pero ahora ya no es suficiente: La crisis originada por las insensateces de los financieros norteamericanos y británicos, ha arrastrado una economía española que creció durante años fiada a la contención salarial, la casi exención fiscal de las rentas más altas y la desrregulación del sector turístico y la construcción.
El Partido Socialista debería intentar actuar como tal, es decir, aumentando la calidad y cantidad de las políticas sociales, diciendo con claridad que no se puede resolver la crisis si no se transforma el modelo productivo - lo que incluiría un aumento de los impuestos-. Pero sólo eso no sería suficiente, con ser mucho, el socialismo debe regresar a los orígenes éticos del partido, porque no puede volver a suceder que un responsable político de izquierdas dé a entender que las culpables de la prostitución callejera son las prostitutas y que ese es el problema porque vendrán menos turistas, porque el verdadero problema es el del conjunto de condiciones económicas y sociales que han llevado a esas mujeres a situación tan lamentable.
En la misma línea, debe hablarse con claridad del tema fiscal: España es el país con la tasa más alta de fraude fiscal en la Unión Europea, después de Italia, con casi 38000 millones de euros si se incluyen las cuotas impagadas a la Seguridad Social. El 86% de los contribuyentes con más de diez millones de euros de patrimonio, evaden impuestos, pese a que el gobierno suprimió el Impuesto sobre Patrimonio y sigue tolerando la anomalía de la tributación por Sociedades de particulares. El señor ministro de Fomento no debe ser llamado al orden para una vez en su vida que actúa como un socialista.
La solución, o una parte de ella, llegarán de la mano del sentido común y del abandono de los dogmas neoliberales, que no buscan otra cosa que la defensa de los intereses de los más ricos.

miércoles 12 de agosto de 2009

Prensa

Lean este interesante artículo editorial de El País. Resulta ilustrador sobre el proceso de acoso y derribo a las instituciones democráticas que ha emprendido la clase política en general y con especial virulencia, el principal partido de la oposición. La degradación del sistema democrático no parece alarmar a la ciudadanía, más allá de algunos artículos de prensa y las voces de unos pocos intelectuales no pesebristas.

domingo 9 de agosto de 2009

Entrevista a Daniel Innerarity

Me ha parecido francamente interesante esta entrevista de Pedro Vallespín, publicada hoy,09/08/2009, en La Vanguardia. Aquí os la dejo:

La elocuencia y la lucidez del filósofo afincado en Burdeos Daniel Innerarity lo han convertido en uno de los intelectuales más respetados del país. Hace un año, reivindicaba un nuevo paradigma de actuación política más sensata y menos visceral, más colaborativa y menos jerárquica, así como nuevos marcos de colaboración y anunciaba algo que luego se hizo patente: que ETA ha entrado en un callejón sin salida y se halla en el tramo final de su sangrienta historia. De entonces a hoy, Innerarity ha publicado un nuevo libro, El futuro y sus enemigos (Paidós), en el que denuncia la expropiación que estamos haciendo de los años venideros, la colonización del tiempo que ha seguido a la del espacio, ya colmatado, y en el que denuncia la relación directa entre el cortoplacismo y la irracionalidad política. Y viceversa.

La ley del aborto parece confirmar el empeño del Gobierno por incrementar los derechos sociales. ¿Liberalismo social y moral, y proteccionismo económico ante la crisis?

Percibo una sobreactuación en los socialistas que viene a compensar un cierto vacío ideológico y que se explicaría desde un dilema que es ya antiguo. Consiste en la necesidad que tienen de conseguir nuevos votantes provenientes de las clases medias, cada vez más numerosas, sin perder el apoyo de las populares. Este dilema, casi insoluble, les obliga a elegir entre su anclaje popular, propio de la izquierda clásica, y que gira en torno a la protección social y el trabajo, y los electores de las clases medias que se mueven más por los valores individualistas del liberalismo cultural y por los valores antiproductivistas de la protección medioambiental.

Es un poco la cuadratura del círculo.

Es que este dilema expone a los partidos socialistas europeos a una fragilidad particular.

¿De qué tipo?

En Francia, por ejemplo, esto se traduce en que periódicamente, durante periodos de debilidad o crisis interna, una parte de su electorado popular deserta por la derecha e incluso por la extrema derecha, mientras que las clases medias urbanas y universitarias, especialmente las jóvenes generaciones, prefieren el movimiento ecologista u otras fuerzas políticas de la izquierda, como ha pasado en las recientes elecciones europeas en beneficio de las listas encabezadas por Daniel Cohn-Bendit.

¿Eso explica la abstención creciente en elecciones como las europeas?

La baja participación en las elecciones europeas pone de manifiesto que sigue sin entenderse el potencial utópico de la Unión Europea, que la ciudadanía no es consciente de que se ha convertido en un marco jurídico y de responsabilidad democrática que no tiene equivalente a nivel mundial.

¿No entendemos lo bueno de la Unión?

Nuestros oídos están acostumbrados a escuchar que Bruselas tiene la culpa de esto y aquello, y apenas percibimos los avances que debemos a Europa en términos de solidaridad o consolidación de las libertades, por ejemplo.

Algunos lo achacan a la insuficiencia democrática de las superestructuras políticas europeas.

Se habla mucho de déficit democrático, pero creo que el problema más profundo de Europa es su déficit cognoscitivo, nuestra falta de comprensión acerca de lo que la Unión Europea representa.

Ilumínenos.

Nos cuesta entender que estamos ante una de las mayores innovaciones políticas de nuestra historia reciente, un verdadero laboratorio para ensayar una nueva formulación de la identidad, el poder o la ciudadanía en el contexto de la mundialización. La idea que se tiene de la UE está llena de malentendidos que la dejan a merced de una opinión pública superficial: como una escala de poder suplementario, como una estrategia para sobrevivir frente a una globalización que es percibida sólo como algo amenazante, como una forma política sobre la que se proyecta el modelo del estado-nación…

A España le han cambiado la faz los fondos europeos.

Pasa con frecuencia que unos países parecen muy europeístas porque en el fondo aprecian las subvenciones que han recibido, mientras que otros ven en Europa una amenaza y dejan de percibir la oportunidad que representa. Unos y otros tienen una percepción equivocada de lo que Europa representa y, mientras no se disuelva ese equívoco, la adhesión al proyecto político de la UE seguirá siendo débil o superficial.

El ex director del CIS Fernando Vallespín dice que en Europa el futuro es una amenaza, mientras Estados Unidos siempre ve en el futuro un reto y una esperanza. Esto explica la efervescencia de Obama, pero también la crisis del proyecto europeo.

Desde luego, en Europa sí se manifiesta de forma clara ese descrédito de la política, que ya no es un ámbito de proyección hacia el futuro, sino el marco en que se dirimen miedos e ilusiones de poca densidad o poco alcance. Esto es grave porque deja Europa a merced del populismo o el desafecto político.

¿Es más un problema ontológico, referido al ser europeo, o coyuntural, vinculado al peso de las exigencias políticas de cortoplazo marcadas por los medios?

Es un problema de fondo, antropológico, diría. La utopía se ha privatizado. No esperamos de la política más que una representación de nuestros intereses, y la política ha dejado de ser el espacio donde realizar un proyecto de gran alcance. Este fenómeno tiene su raíz en el agotamiento de las grandes utopías, el fin de las grandes ideologías, y en ese sentido es más antropológico que coyuntural. No es tanto culpa de la velocidad del presente.

¿Y cree que se puede interpretar el resultado de las últimas europeas como un giro continental a la derecha?

Para mí lo más curioso de estas elecciones y lo que exige una explicación es que la crisis o los casos de corrupción golpeen de manera muy diferente, desde el punto de vista electoral, a la izquierda y a la derecha.

¿Tiene alguna explicación?

Pienso que la raíz de esa curiosa asimetría está en las diversas culturas políticas de la izquierda y la derecha. Por lo general, la izquierda espera mucho de la política, más que la derecha, a veces. Le exige a la política no sólo igualdad en las condiciones de partida sino en los resultados, es decir, no solo libertad sino también igualdad. La derecha se contenta con que la política se limite a mantener las reglas del juego y tiene una idea del bien común como mera agregación de intereses individuales; es más procedimental y se da por satisfecha con que la política garantice marcos y posibilidades, mientras que el resultado concreto, en términos de desigualdad, por ejemplo, le es indiferente; a lo sumo, aceptará las correcciones de un "capitalismo compasivo" para paliar algunas situaciones intolerables.

¿La izquierda tiene demasiadas aspiraciones?

Por supuesto que ambas aspiran a defender tanto la igualdad como la libertad y que nadie puede pretender el monopolio de ambos valores, pero el énfasis con el que la izquierda subraya la igualdad y la preferencia de la derecha por la libertad inclina la balanza en un sentido que explica por qué sus electorados respectivos se conducen de distinta manera.

Usted dirá.

La diferencia radicaría, a mi juicio, en que la izquierda, en la medida en que espera mucho de la política, también tiene un mayor potencial de decepción. Por eso el vicio de la izquierda es la melancolía, mientras que el de la derecha, es el cinismo. Si esto fuera cierto, tendríamos también una explicación de por qué son tan distintos sus modos de aprendizaje, lo que probablemente responde a dos modos psicológicos de gestionar la decepción. La izquierda aprende en ciclos largos, en los que una decepción le hunde durante un espacio de tiempo prolongado y no consigue recuperarse si no es a través de una cierta revisión doctrinal; le derecha tiene más incorporada la flexibilidad y es menos doctrinaria, más ecléctica, incorporando con mayor agilidad elementos de otras tradiciones políticas.

Eso explicaría por qué la izquierda no es absolutamente hegemónica a pesar de que los españoles aparecen situados en todas las encuestas con una mayoría de centro izquierda.

La izquierda sólo puede ganar si hay un clima en el que las ideas jueguen un papel importante y es alto el nivel de exigencias que se dirigen a la política. Cuando estas cosas faltan, cuando no hay ideas en general y las aspiraciones de la ciudadanía en relación con la política son planas, la derecha es la preferida por los votantes.

Aunque avance a duras penas, ¿cree que el proceso de diálogo social es un indicio de vocación política de largo recorrido, o estamos ante otro intento de ganar el titular de mañana?

En el juego de la política hay decisiones que se toman en el corto plazo y que son necesarias, pero siempre que hay decisiones que afectan a la definición de marcos de convivencia, como es el caso, para las que es necesario entendimiento más transversal. Lo que no puede hacerse es lo uno con criterios de lo otro.

¿Perdón?

No se pueden someter las grandes cuestiones a las reglas de un juego de corto plazo y tampoco someter las cuestiones inmediatas a las exigencias de una política de mayor proyección. Son dos lógicas completamente distintas.

No sé si confusión de la lógica de largo y corto plazo, pero lo que sí parece es que los términos del debate despido libre, etcétera, son muy antiguos.

Es cierto. La manera cómo se aborda la cuestión y los argumentos en uno y otro sentido, proceden del mundo antiguo de lo que se llamó eol consenso social y democrático, los grandes ejes del estado del bienestar tradicional. Ninguna de los partes, patronal, sindicatos y gobierno, han hecho una reflexión a fondo de las grandes cuestiones que se han venido abajo por la evolución de la dinámica social. Es un déficit muy claro de la política, la falta reflexión sobre las nuevas tendencias sociales, que hacen obsoletos algunos modelos de análisis.

A pesar de la intensidad de algunos cruces de acusaciones, el tono político ha bajado de intensidad. ¿Cree que el acuerdo en Euskadi ha tenido peso en esto?

Algunas de las cosas que se están diciendo sobre el nuevo gobierno de Patxi López y algunos gestos solemnes e inaugurales parten de un error de apreciación de lo que ha sido la historia reciente. Dicho de una manera sintética: ni Euskadi era antes tan nacionalista ni ahora ha dejado de serlo. Lo que se ha producido es un cambio de mayoría en el Parlamento, en virtud de la exclusión de Batasuna, pero la ligera mayoría de nacionalistas en la sociedad sigue ahí.

Puede ser, pero ha sido el fin de una larga hegemonía de poder.

Hay que recordar que en Euskadi ha habido siempre, desde hace más de veinte años, gobiernos de coalición y una buena parte de ellos constituidos por el PNV y el PSE. Buena parte de las leyes vigentes en temas muy importantes y delicados, como la educación o la lengua, o han sido realizadas directamente por los socialistas o se realizaron con su expresa aprobación. Hay que saber que, a diferencia, por ejemplo de Catalunya, el poder ha estado y sigue estando muy repartido, entre instituciones de gran peso, como las diputaciones, y sin que ningún partido político haya podido ejercer esa hegemonía de la que se habla con tanta ligereza.

¿Entonces, no hay tal cambio?

Quiero decir que ni antes, ni ahora, ni en el futuro se puede tomar ninguna decisión de calado en el País Vasco, sobre el autogobierno o la política lingüística, por ejemplo, sin acuerdos básicos, de fondo, en los que estén presenten las dos grandes tradiciones políticas del país. Para el gobierno cotidiano de las cosas menores basta cualquier mayoría parlamentaria; para la definición o modificación del marco de convivencia se requiere otro punto de encuentro más cualificado. La exigencia de hacer este esfuerzo de integración valía para el anterior gobierno y para este.

El año pasado usted decía que ETA estaba en la agonía que va desde el desahucio a la muerte. ¿Sigue pensando así?

La lección que se extrae del fracaso del último proceso de paz es la imposibilidad de que vuelva a producirse algo similar en los términos en los que se planteó el anterior y cuyo último esfuerzo fueron las conversaciones de Loiola. ETA no está en condiciones de poner punto final a la violencia sin una contrapartida política, que la sociedad lógicamente no está dispuesta a aceptar.

¿Qué hacer, entonces?

La cuestión central acerca de cómo abordar este nuevo escenario podría plantearse de la siguiente manera: hasta ahora, en mayor o menor medida, los partidos políticos han pensado que había que hacer algo en el terreno político para favorecer que ETA tomara la decisión de terminar con la violencia. Pensábamos, con una mezcla de responsabilidad y voluntarismo, que nos correspondía algún tipo de iniciativa que acompañara a la vía policial y judicial.

Eso ya no es así.

El cambio de perspectiva debería ser el siguiente: no existe el terrorismo porque nosotros hayamos hecho algo mal sino porque ellos han hecho todo mal. Seguramente podríamos haber hecho las cosas mejor, pero no existe y persiste ETA por ello sino porque ETA no ha aceptado que su equivocación radical consistente en pensar que la imposición de unos objetivos políticos a través de la fuerza es posible y legítimo.

Al menos ahora, no es materia de debate político.

La unidad de los partidos es más necesaria y probablemente más fácil porque el campo de juego se simplifica considerablemente. Por eso creo que debería tomarse en serio la propuesta de Íñigo Urkullu, de proceder a una lectura conjunta del Pacto de Ajuria Enea y explorar las posibilidades de reeditar un pacto similar. ¿Para qué? De entrada, para explorar las posibilidades de compartir un diagnóstico de la situación y revisar la posibilidad de trasladar los compromisos de aquel Pacto a la actual coyuntura, lo que tampoco excluye, por supuesto, la posibilidad de acordar qué aspectos carecen actualmente de validez y responden a viejos debates que han sido superados.

Siga.

Todo ello con el objetivo de conseguir algún compromiso en torno a una serie de exigencias para acelerar el final de ETA, con el menor número de víctimas y procurando la mayor unidad social posible. El acuerdo es necesario, además, porque una posible tregua u otros movimientos que ETA y su entorno político puedan hacer en los próximos meses no deberían ni coger por sorpresa a las fuerzas políticas y las instituciones ni propiciar a una discusión que la sociedad no entendería de ninguna manera.

¿Habla usted de anticiparse a cualquier maniobra de ETA o la izquierda abertzale?

Habría que minimizar el impacto, en términos políticos y de coste social, de las actuaciones de ETA sobre el liderazgo que corresponde a las instituciones y los partidos políticos. Es necesario comprometerse para sustraer la política antiterrorista de la confrontación política pública. Para eso, los partidos necesitan un acuerdo previo. Tendría que estar en un papel el procedimiento sobre cómo se actúa respecto a una declaración, por ejemplo de Otegi rechazando la violencia. Que los requerimientos de verificación de ese rechazo estén establecidos previamente y consensuados, de forma que todos los partidos al unísono puedan decir "nos lo creemos" o "no nos lo creemos".

Tiene lógica.

Es importante porque de aquí a 2011 la supervivencia política de la izquierda abertzale implica el descenso por una pendiente de degradación política y social que pagaremos muy caro. Por eso no me parecen inteligentes declaraciones como las de Rubalcaba diciendo "no vamos a aceptar". Carecer de unos mecanismos comunes de reflexión política sobre el terrorismo lo pagaremos caro.
En Euskadi, el nacionalismo radical ha puesto en el punto de mira el AVE. En cierto modo ¿es un reconocimiento de que el tren da forma al Estado?

Las comunicaciones no sólo dan forma al estado sino que concretan el tipo de forma que se pretende para ese estado. El mapa de las comunicaciones dice mucho acerca de la concepción que un estado tiene de sí mismo, si se considera radial o reticular, si está pensado para que todas las comunicaciones entre sus territorios tengan que pasar por el centro o si fomenta las relaciones descentralizadas de sus territorios entre sí.

Pues entonces, centralizado, parece.

Pese al clamor del AVE Mediterráneo. Sí. El AVE delata cómo se concibe el estado, cuáles son sus prioridades y su objetivo final. Pensemos: comenzó enlazando Madrid con Sevilla, siguió conectando Madrid con Barcelona, se deja para más adelante la conexión de Bilbao y Barcelona... Todo muy elocuente.

¿Estamos condenados a que Valencia, Madrid, País Vasco/Navarra y Catalunya sean las únicas regiones que se integran en Europa mientras se profundizan las diferencias con el sur no urbanizable y el noroeste?

Me da la impresión de que algunos no terminan de entender que una de las consecuencias del pluralismo territorial es que exista una sana competencia entre centros de decisión diferentes.

Hay que equilibrar el principio de solidaridad entre territorios con la capacidad real de cada autonomía de hacer apuestas propias. Tiene que haber una igualdad básica de oportunidades, por supuesto, pero si hay un pluralismo real de centros de poder, eso se traducirá inevitablemente en resultados diferentes, lo que dependerá del acierto de las decisiones políticas de cada uno.

Hay quien cree que buena parte de los males de la política son responsabilidad de los medios, precisamente ahora que se ha pinchado una burbuja comunicativa importante y que, al tiempo, asoma una crisis de modelo por la revolución tecnológica.

Hay quien se preocupa por el futuro de la prensa escrita o el papel de la publicidad en la televisión. Entiendo que esto sea un problema para los medios, pero sería bueno que estos reflexionaran, además de acerca de lo que puede sucederles, sobre lo que ellos están haciendo, sobre su función en una democracia y si están contribuyendo a configurar un espacio público de calidad. Y en este sentido creo que los medios, sin ser por supuesto los únicos culpables, tienen buena parte de la responsabilidad de que la agenda política sea tan pobre, de que domine un antagonismo ritual y simplificador de los temas y en ocasiones nos rindamos a la dictadura de lo insignificante.